miércoles, 19 de marzo de 2014

Beñat Arginzoniz: LA CABAÑA


LA CABAÑA
Un relato de Beñat Arginzoniz


–¡Ya vienen! ¡Ya vienen! ¡Suben por la calle Vallejo!
–¿Cuántos son?
–Por lo menos ocho. Y llevan bolsas llenas de piedras.
–Habrán estado en las vías del tren. Tendremos que
responder con lo que ellos nos tiren.
–Mejor nos damos el piro, son más y vienen con ganas.
–No, nosotros estamos en mejor posición. Y aquí tam-
bién hay alguna piedra y mira esos palos. Si se acercan
mucho les cascamos desde arriba.

Llegan de pronto como una horda sucia y revuelta, cha-
vales en pantalones cortos, unos altos y otros bajos, gordos
o escuálidos, unos valientes y otros cobardes, pero todos
empujados por la misma emoción confusa, movidos por
la alegría de la violencia. Van dando gritos y llenan el aire
con sus voces hirientes, desafinadas, infantiles.

–¡Ahí están! ¡Ahí! Escondidos entre los matorrales'

Y el aire se llena de piedras volanderas. Piedras silba-
doras como pájaros furibundos van cayendo cada vez más
cerca. Una tras otra, hundiéndose con rabia en el zarzaL
Su sonido opaco y definitivo se acerca como los pasos de
un gigante.
Están los cinco agazapados y a su alrededor crece una
jaula invisible con barrotes de miedo.

¡Hay que salir de aquí, todos a Ia vez! –grita Iosu–.

Entonces salen todos al mismo tiempo, corriendo en dife-
rentes direcciones, algunos van perseguidos por su propio
llanto, y otros sienten a cada paso la posible violencia del
impacto. Corren y corren hasta desaparecer y continúan
corriendo durante mucho tiempo después.
Pero Iosu ha quedado allí, tumbado, esperando otra
oportunidad.

Los chavales se acercan. Los cuepos temblorosos, las
voces húmedas y jadeantes.

–¡Han huido!
–¡Hemos ganado! ¡Menudos caguetas! ¡Corrían como
mariconas!
–¿Ahora qué hacemos? ¿Nos volvemos para Portu?
–No, tienen una caseta de madera un poco más arriba.
–Pues vamos a ver qué hay. Igual esconden algo.

La esperanza del saqueo vuelve a encender sus peque-
ños corazones.

Iosu se arrastra entre las zarzas, dejando a su paso tro-
zos de tela, pétalos de sangre, juramentos. Cuando sale
de allí se da cuenta de que mil diminutas espinas le han
cosido un traje nuevo con hilo rojo. Dando un rodeo se
les adelanta. Y sube corriendo hasta la pequeña choza de
rnadera. Una vez allí, sin perder un segundo, saca de su
interior una silla, cartones, una manta y unas revistas. Lo
acumula todo en la entrada.

–Es por aquí, justo ahí hay un claro y está la cabaña.

Cuando los chavales llegan al lugar se encuentran de
pronto frente a una gran hoguera.
Y el golpe de calor les da una bofetada en la cara.
Y el humo les mete el dedo en el ojo.
Y Ia larga lengua de fuego se burla de ellos.
(Restallar de ramas, latigazos de chispas, etc.)
Se alejan de allí perseguidos por una nube negra mien-
tras sobre sus cabezas se escucha crepitar el aire.

–¿Cómo? ¿Qre has quemado tu la cabaña?
–Pero losu... ¿Estás mal de la cabeza?
–Pensaba que éramos amigos. ¿Por qué has hecho eso?

Iosu no contesta. Se aleja en silencio, y de pronto se
para, se da la vuelta, y les grita desde lejos:

-¿Sabéis por qué lo hice?, lo hice porque vosotros no
supisteis defenderla.

(Capítulo 14 del libro Pasión y muerte de Iosu Expósito)