jueves, 2 de mayo de 2013

José Fernández de la Sota: Tiempo Muerto. Ilustraciones de Pablo Gallo


  
José Fernández de la Sota ha publicado un nuevo libro, que es el número 1 de la colección de ensayo de Ediciones El Gallo de Oro
Su libro tiene esta vez un atractivo extra sobre los que ya lleva incorporados de serie: que no sólo es su libro, sino también de Pablo Gallo, autor de las ilustraciones. Por no hablar del cuidadoso trabajo de edición que ha dado como resultado un objeto con esas cualidades estéticas y táctiles que le son exigibles al libro de papel frente a la funcionalidad del libro electronico. 
En fin, vayamos al trabajo sobre el que han trabajado los editores: lo mismo que Pablo Gallo ha hecho esos 46 retratos, más uno del autor, José Fernández de la Sota ha escrito 46 capítulos o ensayos dedicados a 46 escritores. Ensayos líricos, ensayos narrativos, casi siempre tienen un poco de varios géneros. Son literatura y reflexión sobre la literatura, pero, sobre todo, tienen como tema y diana la vida, es decir, la muerte que nos lleva, desde el enfoque de un sector de humanidad especialmente entrenada en la conciencia de la vida y la muerte. Por eso el libro se titula Tiempo muerto. Pero nadie mejor que el autor para explicar qué y por qué, que es lo que hace en el

PREÁMBULO
Este iba a ser un libro de finales. Un libro titulado Tiempo
muerto.Me impresionó saber que el poeta Fernando Villalón
pidió que le enterraran con el reloj en marcha. Aquello era
algo más –pensé– que una bonita anécdota macabra. Porque
yo no pensaba en un libro macabro. Pensaba que los últimos
momentos (que pueden ser minutos o contarse por décadas)
de algunos escritores que admiraba y admiro podrían com-
poner un discreto volumen de prosa. Solamente quería un
libro de finales. Un discreto compendio de finales no siempre
discretos.

Luego supe que Octavio Paz habia dejado escrito: Díme
cómo mueres y te diré quién eres. Anoté en mi cuaderno
la cita y recordé que Paz había muerto pidiéndole a George
W. Bush (gobernador de Texas por entonces) que indultara
de la pena de muerte al mexicano Irineo Tristán. Bush no
contestó a Paz y Paz murió al mismo tiempo casi que Irineo
Tristán, un espalda mojada que lo ignoraba todo del autor
de Las Peras del Olmo. Y sin embargo, Irineo Tristán, desde
su silla eléctrica, contribuyó a elevar el niver de la muerte de
Paz, que falleció en la cama intentando dar sorbos a una copa
de Oporto.

El libro fue avanzando y me fue demostrando que los
grandes poetas exageran. Paz no tenía razón (no tenía la
razón) cuando afirmaba que nuestra muerte nos identifica.
Salvo quienes deciden (como Jacques Rigaut, Henri Roorda
o Alejandra Pizarnik) hacer mutis de modo voluntario, los
demás no tenemos más remedio que jugar en una lotería
pronosticable, pero siempre imprevista. Sabemos –como
amenaza el lema del reloj de la iglesia de Urruña- que todas
hieren y la última mata.Nada más. Ni el día, ni la hora, ni el
minuto. Ni siquiera el lugar de la cita.

El libro, digo,avanzaba alejándose de su primer propósito.
Avanzaba arbitrario. Obedeciendo sólo, en todo caso, a la
parcialidad de las admiraciones de su autor y al capricho
de su curiosidad. Más que lápidas, lo que surgía de modo
caprichoso eran retratos en movimiento. Así se fue formando
esta gavilla de fragmentos biográficos de escritores, algunos
mundialmente conocidos y otros ampliamente ignorados.
Historias de escritores, eso sí, un poco raros. pero, ¿cómo
alguien que dedica su vida a la escritura puede considerarse
plenamente normal? Desengañémonos: escribir no es normal.
Lo normal es morirse, algo que han hecho todos y cada uno
de los autores que pueblan este libro.

Historias de escritores un poco raros y a veces algo más.
Historias verdaderas y fingidas, porque todos los artistas
citados pusieron en escena un personaje (o varios) de su
propia invención. Y creo que ninguno, ni en el último acto
de la obra, renunció a su querida, pesada y vieja máscara.

No sabría decir si para los autores convocados (o quizás
invocados) en estas páginas, la vida fue un infierno o un
paraíso. Seguramente para Ia mayoúa de ellos –de modo
transitorio– fue ambas cosas. Céline dijo que nunca fue feIiz,
y así se cuenta. Pero todos sabemos que Céline era un gran
mentiroso.

El paraíso, para Lewis Carroll, era un río en verano. Así
fue. El reverendo Dodgson encontró el paraíso una tarde
soleada de julio, navegando con las hermanas Liddell y
contándoles cuentos imposibles que sucedían en un país
terrible y maravilloso en el que Alicia, la más curiosa de las
dos hermanas (y la más insistente y caprichosa) reinaría para
siempre jamás.

Tiempo muerto, que también podría haberse titulado
Últimos días en el paraíso, comienza en aquel río en el que
Lewis Carroll descubrió el país de la maravillas una tarde de
julio.

JOSÉ FERNÁNDEZ DE LA SOTA