martes, 3 de julio de 2012

Pablo González de Langarika: Diciembre de 1953

Era la lluvia cueva solaz, su perro húmedo lamía las
preguntas. Grises ocasos en el silencio de mi padre; el
agua cayendo hacia los charcos. Y en el bolsillo, la
mano sin dolor: nidada de niñez -bajo tutela Iatía, eI
corazón-, (aquella media docena de castañas...)
(...) las manos tan calientes,los ojos claros de Raquel,
(avanza el tiempo). La misma nube gris,los charcos en
el suelo,la ayuda alimenticia americana: confirmación
de luz al borde de la noche y el sello negro de la palabra
patría.
(...) se ensancha la pasión como un espejo... (el tiempo
vuelve), el cine, cacahuetes, pipas de girasol, querido
Blas... la sociedad que avanza sin pegar un tiro, o bien
pegándolo. José Agustín. Es Barcelona y he plantado
un árbol: sobre tu libro tu firma y las monchetas... con
butifarra. Ya tengo hijos...
(...) La fábrica, Ia luz, la angustia de estar vivo... (mi
padre no, su foto sepia anclada al corazón) y Ia razón
que asciende a los tobillos y este país que sigue malherido.
Las palomas en medio de la plaza y este silencio
inhóspito, extendido, igual que la alopecia, la sevicia y
algunos que otros tímidos avisos...
Digo que la oquedad aún habita vuestros labios
y la verdad se exilia en el invierno y los pájaros se
precipitan sobre el fuego. Pero debajo de sus alas chamuscadas,
debajo de su trino, emerge el aire con sus
manos diminutas, acecha el tiempo que vendrá; esto
es seguro.
Porque la sangre crece a:ún y crece el hombre y el día
surge luego y se repite y aún es bella la luz,aunque os
pese. Aunque mi madre haya muerto y se hayan roto
las llaves y las puertas y el otoño invada ya mis venas...
y el perro siga lamiendo las preguntas.


Del libro "Entre los pliegues de la luz", Ediciones El Gallo de Oro, Bilbao, 2012