martes, 19 de octubre de 2010

Lenguas

JON JUARISTI

Publicado en ABC, 17/10/2010

EL novelista vasco Anjel Lertxundi ha ganado el Premio Nacional de Ensayo. Es un reconocimiento que me alegra. No he tratado mucho a Lertxundi, pero siempre lo he tenido por un escritor estimable, en el fondo y en la forma. La nómina de los premios nacionales de Literatura en las décadas de la democracia contiene un buen número de autores vascos, tanto en eusquera como en castellano (sólo en los de Ensayo recuerdo a cinco, y es posible que me deje alguno).
Esto quiere decir que, a pesar de la intolerancia y el fanatismo, el País Vasco ha conseguido mantener una creatividad bastante digna y que no pocos de sus artistas y escritores han evitado la tentación del ensimismamiento estéril. Lertxundi es uno de ellos. Entre los narradores vascos actuales confieso mi preferencia por un puñado de autores, además del mencionado, que han escrito desde posiciones independientes, críticas y razonables. Pertenecen a generaciones diversas, pero son imprescindibles para entender la historia reciente del país. Me refiero a escritores como Ramiro Pinilla, Ramón Saizarbitoria, Mariasun Landa, Kirmen Uribe, Fernando Aramburu, Eduardo Gil Bera, Iban Zaldúa, Willy Uribe, Francisco Javier Irazoki, Mikel Azurmendi o Maite Pagazaurtundua. Aunque hay entre ellos varios premios nacionales de narrativa, la breve lista que propongo no pretende establecer un canon, sino identificar una literatura que, al margen de su valor estético, posee una indudable grandeza moral, porque ha sido escrita con voluntad de testimonio en un tiempo de embustes y silencios cómplices. A mi juicio, estos narradores, y poetas como Xabier Lete, Karmelo Iribarren, José Fernández de la Sota o Luigi Anselmi han conseguido preservar las necesarias y sencillas verdades cotidianas frente a un lenguaje dominante enfático y absurdo, cuando no criminal a secas.
Me alegra, por tanto, el premio concedido a Anjel Lertxundi. Sin embargo, estoy algo decepcionado por sus declaraciones acerca de su compromiso con la lengua vasca, que le habría llevado a optar por ella y no por el castellano, desde sus comienzos mismos, bajo la influencia de Gabriel Aresti y de Jorge Oteiza. Pero el primero de estos fue un escritor en gran medida bilingüe. El libro con que ganó el Premio Nacional de Literatura en 1964 estaba escrito en vasco y en castellano. De hecho, Aresti escribió buena parte de sus poemas en castellano antes de pasarlos al vasco, y las versiones eusquéricas de muchos de ellos son traslaciones poco logradas de los originales (así sucede, por ejemplo, con la práctica totalidad de sus sonetos). En cuanto a la obra literaria del escultor Oteiza, está escrita íntegramente en castellano. De los autores que he mencionado antes, varios son vascohablantes de cuna que escriben habitual u ocasionalmente en castellano; otros, castellanohablantes que han aprendido eusquera y escriben en ésta o en ambas lenguas, y otros, en fin, han escrito siempre en la suya materna, como Lertxundi o Pinilla. Entre escritores que han demostrado sobradamente un limpio espíritu de libertad frente al gregarismo identitario, la elección de lengua no debería requerir explicaciones en clave de compromiso, que resultan ampulosas y, lo que es peor, trasnochadas.

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