lunes, 1 de febrero de 2010

LUIGI ANSELMI



LUIGI

ANSELMI
(Luis
Gutié
rrez
Larrea)

nació en
Bilbao
en 1954. Estudió filología.
Residió durante
algún
tiempo en Hapmshire, Inglaterra. Euskaldunberri*, forjó su euskara literario en los años ochenta bajo la influencia de un grupo de amigos que le animó a leer (como él mismo cuenta) “a los clásicos labortanos y suletinos”.
Ha escrito poesía en euskara, en castellano y también en inglés. Ha trabajado como profesor y como traductor literario. Sus libros nos dan idea de algunas de sus preferencias poéticas, con citas de Adrienne Rich, Derek Walcott, Cesare Pavese o José Emilio Pacheco.
Escribe Daniel Abrisketa en el número de Zurgai de julio de 2002: “Luigi Anselmi, un poeta nacido en Bilbao, poeta de la ciudad, ha sido calificado de “poeta oculto, quizás de poète maudit”. Se trata más bien de un poeta invisible, fuera de catálogo. Un poeta (...) de una calidad reconocida que, sin embargo, goza de un halo de invisibilidad tejido entre el apartamiento propio y el desconocimiento ajeno.”
En su decidida propensión a esconderse, borrarse o al menos difuminarse, Luis Gutiérrez Larrea colaboró en la antología Alkohola Poemak en 1984 junto con Luigi Anselmi (seudónimo tomado del relato “Luigi Anselmi: figlio di un cane” de Joseba Sarrionandia). Así que durante un tiempo, cuenta Daniel Abrisketa, se pensó que eran dos autores diferentes, y que uno escribía en euskera y el otro era bilingüe.

* Euskaldunberri: literalmente, euskaldun (hablante de euskera) nuevo, frente al euskaldunzarra (o euskaldun viejo) que es el que tiene el euskera como lengua materna.


LIBROS DE POESÍA

Luigi Anselmi ha publicado con la Editorial Pamiela seis libros en euskera:

Zoo ilogikoa
, 1985,

Desiriko alegiak
, 1988,
Bacchabunda, 1992;

Gure ametsen gerizan
, 2000;

Gau ertzekoak
2004

Bertzerenak
, 200
6.

Y tres poemarios en castellano:


Cuando arde el agua,1988;
Una botella al mar,1995
A la orilla del tiempo,1998


Para saber más: el artículo citado de Daniel Abrisketa puede leerse en Zurgai,

En los siguientes
ENLACES el lector encontrará más poemas, en euskera y en castellano, y algunas de las pocas imágenes que existen del autor:

Sobre el autor, en basqueliterature.com

Poemas en basqueliterature.com

Poemas en Nabarralde

Nuestros poemas favoritos, blog

Ficha del colaborador de Zurgai



POEMAS



De Cuando arde el agua (Pamiela, Pamplona, 1988):



Nací sin muchas ganas;
nací un lunes.
Lunes por la mañana
y sin nubes.
Y sin lluvia ¡qué lástima!
Es tan dulce
verla por la ventana
ahora en Octubre.




Sobre mis ojos húmedos
pasan las nubes lentas.

Pensamientos hermosos
del Dios de la tristeza.

Palabras que no puede
profanar una lengua.

Versos que el mar escribe
sobre el cielo: poemas.




Yo vengo a refugiarme en tu jardín
como un pájaro huyendo del invierno.

Y no encuentro ni un gramo de ternura
olvidado en el césped.

Ni una pequeña lágrima que ruede
desafiando al hielo.

O la rama desnuda de un recuerdo
donde posar mi nombre.

El viento derribó todos los nidos
que construí en tus brazos.

Detrás de los cristales de tus ojos
canta un pájaro nuevo.




Si todos los poemas estuvieran ya escritos
o se me hubiera muerto casi sin darme cuenta
aquel poeta triste que yo llevaba dentro.
Si es sólo su cadáver el que a veces conmueve
la torre de mi cuerpo y humedece sus piedras.
Si todos estos versos son surcos donde nunca
sembrarán sus canciones los niños ni los maestros.
Si tan sólo mis dientes comparten la alegría
turbia de mis amigos. Si mi felicidad
es breve como un sábado y secreta lo mismo
que un diamante enterrado en medio del desierto.
Y si todos los pájaros que libero se mueren,
si todos los verdugos sobreviven a mi odio,
decidme ¿qué cojones estoy haciendo aquí?
¿Para qué este derroche de papel y de insomnio?




Lluvia y sol se apellida
la primavera
y flores amarillas
sobre la hierba.

Para pintar de verde
las ramas negras
el sol le hizo a la nieve
dos largas trenzas.

El agua ya no lleva
lazos de seda;
sólo los puentes atan
su cabellera.

Echa una flor al río,
una flor nueva;
dile al mar que ha venido
la primavera.




Admirad bien la luna
antes de que corten
los juncos del río.
–Matshuo Basho–

¿Quién segó el tallo de la luna?
–Federico García Lorca–



Nadan por el pantano
sierpes de plata.

Se clavan en la luna
las cañas altas.

¿Cuál de ellas es el tallo
de esta flor blanca?





A R.C.

Muros de las ciudades, rostros planos y grises,
opresores recintos donde se asfixia el hombre,
cárceles con paredes sin grietas ni orificios,
pálidos cielos presos en estrechos rectángulos,
oscuros laberintos donde se pierde el aire,
donde las hojas niegan sus caricias al viento,
donde mueren los pájaros con las plumas manchadas
de petróleo, e incluso el pez cierra los ojos
bajo las olas turbias que oxidan sus escamas.
Donde, por fin, el hierro
se vuelve luminoso, naranja, incandescente,
y atraviesa implacable el pecho de los muros
anunciando paisajes diferentes:
anchas praderas verdes con flores amarillas,
y un mar bronco que pula con su lima de plata
las aristas durísimas del cubo, y lo convierta
en una blanca piedra redonda y delicada.




A R.C.

¿Quién dijo que la piedra era estéril?

El mar la fecundó con sus espumas,
la pulió en sus entrañas
infinitas y azules,
y la arrojó a la playa
convertida en la estatua
de una Venus antigua,
en un pálido fruto
que cuelga de las olas,
en el huevo redondo de un pájaro imposible.

Bajo las anchas alas
del sol, estremecida
por el cálido roce
de sus plumas doradas,
crujió por fin la cáscara,
se puso el hierro en pie
–inmóvil llamarada–
y comenzó a avanzar sobre la arena,
a subir lentamente
la falda de los montes,
a arder sobre la hierba
quemando solamente las pupilas...





Aquí se acaba todo. Finisterre.
Ni la esperanza ni la fe resisten.
Ojalá que te mueras sola y triste
como me muero yo, muy lentamente.

¡Qué desgraciada! ¡Qué hijaputa fuiste!
Ojalá te devoren las serpientes
de tus propias mentiras, y en tu vientre
pongan sus huevos sólo los reptiles.

Que supliques de noche unas caricias,
un poco de calor, una piel suave,
y te ofrezcan un tallo con espinas.

Que nadie te perdone. Que repitas
mi calvario con pelos y señales.
Que nunca se te sequen las mejillas.





A M.M.

Vamos a abandonar
la angustia inexpresable;
volvamos a las horas
más claras del recuerdo,
al vino como un dulce
bálsamo, a las palabras
que sólo se derraman
cuando caen en el pecho
como dos piedras íntimas
la caricia y el beso.

Estrella tras estrella,
bebámonos la noche,
y cuando el vino sea
una herida a los pies
anchos de las botellas,
inclinemos las cálidas
jarras de nuestros cuerpos
y entreguemos su savia
a la flor de los labios.

Nuestro amor, esquivando
la noche que se ofrece
como un inmenso puerto,
encalla con la luna
en las playas del alba.




A J.M.L.

Amo tanto la noche... No la noche que entregan
como un anticipo los hombres a la muerte,
sino al cadáver claro de la noche cubierta
por heridas radiantes... Puñales de colores
atraviesan el pecho negro de las tinieblas,
transformando de pronto su densa carne oscura
en cristal transparente... Y las sombras caen muertas
por disparos de luz, y galopa la música
persiguiendo al silencio por llanuras eléctricas....
Amo el alcohol, el dulce veneno con que a diario
vamos asesinando el cuerpo y la tristeza.
Los vasos que prolongan las lánguidas sonrisas
y encogen la memoria. El vino. La ginebra.
Las palabras que ruedan torpes de labio en labio
junto a besos que luego tampoco se recuerdan.
Amo tanto la noche... Incluso cuando acaba,
cuando ya los borrachos taciturnos regresan,
regresamos a casa por las calles vacías.
Los pasos vacilantes y la caricia fresca
del aire donde empieza la luna a derretirse
como un trozo de hielo en una copa negra.




No sé cómo empezar, cómo contarte
esta historia; verás, era de noche
y llovía. Subimos en un coche.
Era Noviembre, creo. Tal vez martes.

Ya sabes tú cómo son las ciudades
en otoño y con lluvia. Nos metimos
en un bar y charlamos, y bebimos...
Ya sabes, lo de siempre, nimiedades.

Las agujas bailaron en la esfera
una, dos, tres, cien danzas, y las sombras
se fueron derritiendo como cera.

Volvimos dando tumbos por la acera
e hicimos el amor sobre la alfombra...
Hasta aquí todo bien, pero... ¿quién eras?




TEQUILA EN EL DESIERTO

De todos los poemas, el poema
Que no he escrito, que no escribiré nunca.

De todas las caricias, la caricia
que pidieron en vano nuestros ojos
a una mano enredada como un pájaro
en el zarzal hirsuto del silencio.

De todos los recuerdos, el recuerdo
borroso de futuros imposibles.

De todas las tristezas, la que crece
en estas largas tardes de verano,
mientras sobre la palma de las calles desiertas
los árboles arrojan la limosna
de las primeras hojas amarillas.

De todas las semanas, las que paso
barajando incansable con las noches
en vela las mañanas de trabajo.

De todas las bebidas, la que quema
después de la garganta, los sentidos,
la que conduce a extraños paraísos.






De Una botella al mar (Pamiela, Pamplona, 1995)



GINEBRA Y LANZAROTE

Los vasos me sonríen
desde el fondo empolvado del armario
y las botellas no quieren dormirse
de pie otra más,
cerradas en su torre de madera...

Princesas encantadas,
doncellas prisioneras,
gimen en silencio
y aguardan al príncipe
que ha de venir
a liberarlas con un beso...



LA CONFESIÓN

Para todo mal, mezcal.
Para todo bie
n, también.
–Refrán mexicano–


Basta ya de disimulos y mentiras.
No puedo soportarlo más.
Yo sé que lo has notado y que por eso
últimamente me acribillas
a preguntas, me interrogas
como una jauría de impacientes comisarios
ávidos de verdades escondidas.

Al principio no quise confesarlo
por miedo a hacerte daño.
No obstante, ahora comprendo
que estaba equivocado.

(Duele más la incertidumbre
que desgarra
como un verdugo sádico,
omitiendo las vísceras vitales,
una a una, las entrañas;
duele más eso, digo,
que atravesar limpiamente el corazón
de una certera puñalada).

Es verdad.
Salgo con otra.
Y no mienten las lenguas envidiosas
cuando te dicen que nos vieron besándonos
en la dudosa luz de algunos bares.

(No es cierto, sin embargo,
como se rumorea,
que la haya traído a casa, o frecuentemos
las sórdidas alcobas
de una pensión de mala fama...)

Tiene los ojos verdes de la muerte,
de fuego el corazón.
Sus labios entreabiertos, levemente salados,
encienden y apagan incansables,
como una luz intermitente,
el deseo y la pasión.

Su nombre es Margarita...
–triple seco,
dos partes de tequila,
mucho hielo
y zumo de limón–.




INSOMNIO

Hay noches luminosas...
La luz inaprensible
de bares clandestinos
ilumina sus flancos inconcretos
como hileras de antorchas
el margen del camino...
La luz de las tabernas
y, a veces, la voz y la sonrisa
de quien nos acompaña.

Hay otras, sin embargo,
oscuras, silenciosas...
Mientras duran, la angustia
es nuestra única novia;
la alcoba es una caja
negra, un negro ataúd
desde donde los ojos
escrutan impacientes
la persiana invisible
y el corazón anhela la llegada
del tigre sigiloso de la aurora,
devorador de sueños...




LA HUCHA VACÍA

En esta ciudad gris que nos rodea
como una hucha por todas las esquinas
menos por la pequeña
ranura azul del cielo;
en esta hucha, decía,
sus dueños –nuestros dioses–
muy raramente guardan
una moneda humilde,
una limosna
de esperanza o consuelo.




LA SEQUÍA

¿No dicen que el espera desespera?
Un color mortecino, amarillento
ha robado a la hierba su esperanza.

¿Por qué se aferrará tan tenazmente
Agosto al calendario?

El verano se alarga perezoso
hasta donde se pudren las manzanas...

Al pie inmóvil del árbol
¿recordará la fruta con nostalgia
su prehistoria nevada?

Como una lenta espuma
se retiró al final la primavera
dejando en las arenas del verano
un puñado de conchas
y de peces agónicos...

No deja de girar
esta noria infinita de los días azules.

Sólo al atardecer
se aventuran las nubes con paso vacilante
allí donde palpitan –pulso de Dios– los astros;
y aunque a veces se escucha
la voz grave del trueno
convocando tormentas,
el cielo nunca riega
los fugaces racimos del relámpagos
que florecen de pronto en el alféizar
de sus ventanas grises...




SOLSTICIO DE INVIERNO

Hai riaperto il dolore.
Sei la vita e la morte.
Supra la terra muda
sei passata leggera
como rondine o nube.
–Cesare Pavese–

El invierno es la muerte,
es la nada;
el invierno es el cénit
de nuestra vida miserable:
una mezcla fangosa
de nostalgia
por el verano muerto
y vanas esperanzas
de primavera
que este año también ha de pasar
fugaz e inaprensible
como una golondrina
sin rozarnos apenas...




LA MUERTE NOS RONDA

Gente como nosotros, enamorada de la vida, de lo imprevisto,
del placer de conta
rla, sólo puede llegar al suicidio por imprudencia.
–Cesare Pavese–


La muerte nos ronda en círculos cada vez más estrechos, cada vez más cerrados, como los de los buitres sobe el rebaño que pace en los riscos, vaticinando con su vuelo tropiezos inevitables, errores fatales...

La muerte nos ronda... Se agazapa entre las piedras, oculta su nombre en la rúbrica extraña de una víbora, embosca sus simas en la niebla, nos mira de reojo desde los cuernos puntiagudos de las vacas... A cada paso un enjambre de moscas se alza zumbando y deja al descubierto algún cadáver. Los limacos trataron en vano de coser con la saliva de sus besos la larga cicatriz del camino, y ahora yacen reventados sobre el asfalto...

La muerte nos ronda desde los kioscos donde el opio se sirven aun en ayunas; desde las botellas rotas (el cristal que guardó, redondo y maternal, la suya propia, busca ahora sangre ajena con gestos agresivos y reclama venganza), desde los restos del naufragio que las olas amontonan al final de la fiesta cuando la noche agoniza y las luces de la calle se apagan como el pulso en las venas de un moribundo, mientras los borrachos orinan en las esquinas negras, lobos decrépitos intentando marcar inútilmente los limites difusos de sus sórdidos territorios.

La muerte nos ronde desde los portales que sorben lentamente, como un licor precioso, los últimos noctámbulos, antes de vomitar litros indigestibles de esclavos somnolientos; desde los ríos que enloquecen tras beberse de un trago el cóctel estruendoso de la tormenta.

La muerte nos ronda... Pero la sed vence al instinto de conservación, y lo mismo que las gacelas, a pesar de olfatear a los leones acechantes, se aproximan al agua tras atravesar el desierto, nos aferramos a los últimos sueños, a la imagen distorsionada de un futuro radiante sobre un espejo roto.

La muerte nos ronda... Y al contemplar el bosque inanimado y yerto nadie se atreve a imaginar que Abril esté ya cerca; nadie puede creer que un día no lejano la primavera vaya a estallar de nuevo en oleadas de espuma sobre los negros farallones de las ramas desnudas.




REPTILÍNEO Y SERPITERNO

¡Qué lentamente, Dios, voy avanzando!
¡Qué largo y reptilíneo es el camino!
¡Cómo se tuerce, enreda, empina y crece!
¡Qué serpiterno y arduo y pegregoso!

¡Qué cadena viscosa y repugnante
de baba y de saliva la que impide
al caracol volverse mariposa!




LUNES

Ayer
estuvimos bebiendo
hasta las tantas;
bebiendo de los labios
y de las copas.
Hoy no recuerdo ya
los besos, las palabras...
Se fueron con las olas
de la resaca.



LOS 40

L’uomo vecchio, deluso di tutte le cose
dalla soglia di casa nel tiepido sole
guarda il cane e la cagna sfogare l’istinto.
–Cesare Pavese–



Fue larga la ascensión, penosa a veces,
pero hoy por fin has llegado a la cima.
Este mundo que se abre ente tus ojos
ciertamente no se parece mucho
al mundo que soñaste: son distintas
las crestas, las vaguadas;
distintos los cañones y las simas.
En lugar de los robles y la hayas
proliferan los pinos;
las flores son escasas,
abundan la aridez y las espinas.
Un cernícalo inmóvil da al paisaje
un aire muerto de fotografía.
Rendido de cansancio, ahora quisieras
pararte a reposar, comer un poco,
calmar la sed y demorar, acaso
durante unos minutos, la partida...
Nuevamente los sueños, nuevamente
la terca realidad inexorable
imponiendo rutas desconocidas
hacia un lugar común e ineludible
donde nada ni nadie se estremece o palpita.
Fue larga la ascensión... Tan larga como
breve será el descenso... ¿Dónde estamos?
“Nel mezzo del cammin di nostra vita”,
en esa edad oscura en que uno pasa
de desear la mujer del prójimo
a desear a su hija.




EL MÁS CRUEL DE LOS LOBOS

Construiré la libertad, aunque sea sobre montones de cadáveres
­–Desmoulins–


Hoy la televisión, como todos los días,
allanará tu casa,
y aliñará de nuevo tu sopa cotidiana
con la sangría fresca
de Sarajevo, Ruanda o Palestina.

Pero no hagas más muecas.
No mires a otra parte.
Tu hipócrita cultura cristiana
se basa
en suelo poco firme

–la ciénaga de sangre
en que Godofredo de Bouillon
convirtió Jerusalem
el viernes 22 de Shabán
del año 492 de la Hégira;
las tierras más fecundas de América y Australia
cubiertas de doradas espigas y de cruces:
cementerios ingentes de mundos y de razas;
el arrozal fangoso de Indochina,
sus bosques desfoliados,
su abundante cosecha de veneno–.

No,
no seas cínico ni hipócrita.
No ofendas a las fieras
comparando su instinto natural,
moderado,
con esa sed inmensa
de destrucción y sangre.

El más cruel de los lobos es el hombre
que en lugar de marcar su territorio
con un poco de orina,
lo hace con montones de cadáveres.




ABERRIA

A José María Sánchez-Carrión

Inhóspita es la tierra donde habito,
baldía, yerma, ingrata. Ni las flores
más ásperas resisten la caricia
feroz del sol. Alas de mariposa
nocturna calcinada son sus pétalos.

Inhóspita es la tierra donde habito,
abrasador desierto. Ni las hojas
de cuchillo del cactus, ni el arado
agrietan su corteza de ceniza:
antes engendrarían sus entrañas
un diamante que una brizna de hierba.

Inhóspita es la tierra donde habito,
acogedora, sólo, de cadáveres:
pule las osamentas del pasado
como piedras preciosas y devora
insaciable los sueños, la esperanza.





De A la orilla del Tiempo (Pamiela, Pamplona, 1998):



IMPERFECTOS

For Joseph M. Field

Red sky in de morning, shepherd’s warning
Red sky at night, shepherd’s delight.



Ganar era imposible. Lo sabíamos.
Y sin embargo, cada atardecer
partíamos de nuevo a aquella guerra absurda.

Declinaba la luz y los caminos,
puñales conjurados, buscaban implacables
el corazón acerbo de la noche.

Más tarde llegarían
la esgrima de los labios,
las palabras agónicas
o la incondicional
rendición del silencio...

Húmeda siempre la hoja,
los sables de cristal
chocaban con estrépito en el aire
antes de señalar otra batalla
perdida en algún mapa...

Luego el sueño emboscado y el olvido.

Despertar era siempre una sorpresa
semejante a nacer;
regresar de la nada –¿de la muerte? –
a un lugar extraño.

Pero pronto la luz se derramaba
sin piedad,
como alcohol o vinagre,
sobre la vieja herida,
ofreciéndonos
el desayuno amargo de la desilusión.

Y el rojo amanecer ya no anunciaba
un mundo nuevo,
sino otro día gris
húmedo y melancólico...




COMO EN UN VIEJO ALTAR

Como en un viejo altar, en tu pecho agonizan
las velas consumidas de un amor moribundo
–humo, ceniza, lágrimas inmóviles de cera–.
También en la ciudad las ventanas sin luz
vuelven más ancho y hondo el pozo de la noche
cuando la fiesta es larga y la gente se aleja
en lentas caravanas hacia oasis dudosos.
Entonces, qué difícil hallar un bar abierto,
un amigo no ausente que esgrima con audacia
contra la hostil armada de sombras al acecho
la daga transparente de un vaso de ginebra.
Entonces, qué difícil encontrar un garito,
un tugurio tranquilo que no cierre sus puertas
hasta que la mañana de nuevo desenvaine
su espada azul de acero bruñido y decapite,
como un hábil verdugo, los recuerdos sombríos,
las orgullosas copas del bosque de los sueños...




COMO UN REY

The world is so full
of a number of things.
I’m sure we should all
be as happy as kings.

Robert Louis Stevenson: A Child’s Garden of Verses



Es domingo y madrugas;
atraviesas las calles desiertas
flanqueadas de tiendas
y tabernas cerradas.

En las últimas casas
de la ciudad dormida
la fábrica de pan te invita con su aroma
a gastar unas pocas monedas
que aun cantan –desafinan–
en tus bolsillos viejos.
Unos pasos más y cruzarás el límite,
las fronteras urbanas;
entrarás en un mundo
donde la tierra, al fin,
se descalza
sus estrechos zapatos de cemento...

Unos pasos más y el dinero,
como en un cataclismo
súbito de la bolsa,
caerá devaluado hasta la nada,
se volverá una carga
estéril,
un sonajero inútil y molesto
que ha perdido su magia y no convierte
en sonrisas las lágrimas de nadie.

Y sin embargo ahora
podrías ser un rey:

la mañana te ofrece
la corona infinita
del cielo azul, su cetro
poderoso de viento
que gobierna las copas de los pinos,
las nubes caprichosas,
el vuelo de las águilas;
y en su mano extendida
de hierba fresca y tierna
el campo generoso
te regala a puñados
efímeros diamantes de rocío...




RÍA

Por la mañana, con la pleamar,
la ría rebosante
se nos ofrece hermosa
como una copa recién servida.
Al atardecer, en cambio,
semivacía y sucia,
parece un vaso usado
al final de la fiesta.




PUNTO FINAL

Septiembre ya llegó a la adolescencia...

y las tijeras grises del otoño
han empezado lentas
a recortar los días;
a recortar los trajes
largos y relucientes del verano.

En sus hábiles manos
se deshace el encanto de las hadas,
los adornos superfluos se esfuman y los trajes
mágicos se transforman en vestidos de diario.

Humilde y silenciosa, igual que un limpiabotas,
la lluvia persistente frota el suelo
hasta que resplandece el charol de la calle.

Por la acera la gente se recoje
–su alma triste y cobarde
chapoteando en el miedo
como un viejo galápago–
bajo el caparazón de los paraguas.

Al final del verano se van las golondrinas
y regresan los barcos.

Algunos pretendieron apartarte
durante unas semanas de este mundo aburrido
(esta vieja película ya tantas veces vista).

En otros se alejaron los amigos,
los amores que nunca comprendieron
el tamaño del tuyo, la alegría optimista,
las ganas de vivir sin temor al ocaso
o las fértiles noches de insomnio y poesía.

Hoy la vida desciende
cada vez más veloz, se precipita
por las rampas sombrías de la tarde.

Nada te queda apenas si excluimos
unos pocos recuerdos empañados
por la nostalgia estéril o la desesperanza.

Hoy deseas morir.
Seguramente
no es la primera vez.
Tampoco será la última.

En más de una ocasión aguardaste indeciso
en esa sala gris de muchas puertas
o incluso empujaste con miedo alguna de ellas.
Pero las puertas nuevas y atractivas
estaban bien cerradas desde dentro
y en tu viejo llavero sólo cuelgan
las llaves oxidadas de puertas chirriantes
a las que hay que empujar con mucha fuerza
para poder pasar.
Puertas escandalosas
y demasiado sucias.
Por eso te abstuviste.

Por eso y, como no, porque la cobardía
que tratas siempre en vano de esconder
tampoco tiene límites...

Y por eso, tal vez, muchas tardes como ésta
viste el mismo paisaje; lo verás todavía.

El sombrío perfil duro de los tejados
tras los que el breve sol recién caído
salpica todavía
lejos de cualquier playa abandonada;
lejos de mares que huyen
dejando tras de sí lodo y miseria,
y caracolas mudas, y botellas sin sangre
en donde sólo cabe la esperanza
inmensa de los naúfragos...

Morir, morir, morir...
sin violencia y sin gloria.




PETIRROJO

En diciembre
las hordas del invierno
irrumpieron furiosas
por las puertas del norte.

El viento llenó el aire
de espadas transparentes
y demolió las torres de los árboles.

Los pájaros huyeron en bandadas enormes...

Durante varios días
las páginas del cielo se llenaron
de versos ilegibles,
de largos borradores
que narraban tal vez
la infinita tristeza del éxodo forzado,
la nostalgia de nidos y de patrias azules.

Y cuando ya el invierno
avanzaba arrogante
como un rey victorioso
con su manto de armiño y su corona
de copas asoladas,
apareció de pronto
un pequeño guerrero,
gladiador valeroso
que asía entre sus dedos diminutos,
como una red temible,
la espinosa maraña
de un arbusto sin hojas.
En su pecho brillaba la coraza
–oro y fuego– que Efestos
forjara para Aquiles...

Y el invierno, otrora poderoso,
retrocedió asustado,
como armada de sombras
ante la llama súbita de un fósforo,
dejando sobre el barro la corona,
la capa desgarrada, el cetro roto...





QUISIERA HABER NACIDO MÁS AL NORTE

Quisiera haber nacido más al norte,
en Escocia o Islandia, por ejemplo,
donde en verano el sol
no arde violentamente...

Por eso se consume
muy despacio, y las noches
son breves como sombras
cerca del mediodía.

Quisiera haber nacido
junto a glaciares blancos
deslizándose lentos como gotas de cera
por los brazos desnudos de fríos candelabros.
Haber nacido, digo, en una tierra
donde las chimeneas iluminan
la agonía de Agosto;
Septiembre es una jaula de cristal
húmeda y silenciosa
por cuyo techo gris y agujereado
han huido hacia el sur todos los pájaros.

¿Podrá Mayo engañarlos con las redes
vacías de sus ramas
y atraerlos de nuevo adonde ni la hoja acorazada
del acebo resiste la guadaña del viento;
adonde las hormigas y serpientes
no consiguieron nunca
cruzar el largo túnel del invierno?

Quisiera haber nacido más al norte,
donde las mariposas pálidas de la nieve
irrumpen en bandadas a través de la noche,
se posan en silencio sobre la hierba mustia
y aguardan largamente la vuelta de las flores...

En vano, pues un día
cuando tras detenerse en polvorientos
andenes solitarios,
igual que un viejo tren, la primavera
llegue al fin, con retraso, como siempre,
a su breve destino,
sucumbirán, dejando
en los dedos dorados del sol el polvo blanco
de sus frágiles alas destrozadas.

Quisiera haber nacido más al norte,
en un lugar donde la sangre fluye
por las venas del hombre
como la llama dócil
de una mecha muy larga,
de una mecha muy lenta
que no llega a incendiar la pólvora húmeda
del pecho o la cabeza.

Quisiera haber nacido al norte
de esta tierra maldita,
allí donde la gente
se recoge tranquila junto al fuego
(que arde también sin furia, mansamente
–corzo rojo rumiando el carbón o la leña–
a compartir el vino y las caricias;
a inventar los recuerdos, las leyendas...




TEOLÓGICA

Tal vez hoy los filósofos
sigan aún discutiendo
si Dios es necesario.
No lo sé.
A mi nunca me cupo, sin embargo,
la más mínima duda
de que era imprescindible
para poder jurar y desahogarnos...