domingo, 13 de diciembre de 2009

MARÍA MAIZKURRENA


María Maizkurrena (María Felipa Maizcurrena Moya) nació en Londres en 1962. Desde 1970 ha vivido en Bilbao, donde realizó sus estudios y se licenció en Filología Hispánica por la Universidad de Deusto.
Empezó a publicar poesía en revistas literarias como Zurgai (Bilbao) y Literatura (San Sebastián). En 1989 ganó el Premio Alonso de Ercilla del Gobierno Vasco con el libro Una temporada en el invierno, que se editó en la colección Adonais en 1990 (y que firmó como M.F. Maizcurrena). Con el poemario Tiempo (Hiperión, 2000) consiguió el Premio Internacional de Poesía Antonio Machado en Baeza. En 2006, un jurado formado por Luis Alberto de Cuenca, Blanca Andreu, Antonio Porpetta, Eloy Sánchez Rosillo, Vicente Gallego y Salvador García Jiménez concedió por unanimidad el XXI Premio de poesía Antonio Oliver Belmás “ex aequo” a los libros Música para Ascensores de José Manuel Espejo Balanza y Vuelta del Aire de María Maizkurrena.
Como narradora, ha publicado la novela corta Adiós a doña Laura (Planeta-Agostini, 2000) y relatos breves en revistas como Paréntesis y Papeles de Zabalanda (Vitoria-Gasteiz).
Ha trabajado como periodista free-lance y colaboradora para diferentes medios de comunicación del País Vasco (el periódico Bilbao, El Mundo del País Vasco, Radio Euskadi, la revista Emakunde y otros). A finales de los años noventa fue responsable de la coordinación, diseño y maquetación de las revistas de literatura Boletín de Ficciones e Ipar Atea, así como de la colección de cuadernillos Los pliegos del Norte. En 2003 y 2004 diseñó y maquetó la revista Ancia de la Fundación Blas de Otero.
Desde el año 2000 es columnista del diario El Correo.




OBRA PUBLICADA

LIBROS DE POEMAS

Los otros reinos, Bilbao, Desclée de Brower/Mensajero. 1987.
Los
cantos del dios oscuro y otros poemas. Bilbao, Laida. 1989.
Una temporada en el invierno, Madrid. Rialp. Colección Adonais de poesía. 1990.
Tiempo, Madrid, Hiperión, 2000.
Vuelta del aire, Murcia, Editora Regional de Murcia, 2006


NARRAT
IVA

Adiós a doña Laura [Planeta-Agostini, 2000].



ENLACES EXTERNOS

Luna de Bilbao (blog)

Editorial Hiper
ión

Tres fronteras ediciones


Revista Enfocarte

Ficha de la revista Zurgai


Un reseña de José Luis García Martín

Vuelta del Air
e en Google Books



















POEMAS



De Los cantos del dios
oscuro y otros poemas


INICIACIÓN DEL REINO

Las lunas vacías en la tarde, el muestrario
de músicas que se elevan por los espaciosos
ámbitos de la luz, la caída
espectral del tiempo en sus derrumbaderos,
los puentes sobre ríos d
e cinc, el cielo mudo
donde ni un pájaro vibra,
la soledad donde aún habita
alguna forma de amor, el deseo del mundo.



SALIDA DE LA ESCUELA

Ahí está la loca, en la plaza. Las chiquillas ríen
con crueldad que es propia de la vida nueva,
indiscutible. Miran de reojo. Juzgan ridículas
las plumas del sombrero y el ensimismado
ademán
por el que pasan
fantasmas, arrastrando
suntuosos envoltorios. La tarde está también
como arrobada en un silencio extraño.
Hieren las risas
el aire. La mujer duda un momento.
Se vuelve, cobra vida.
Roza el rumor del mundo su costado.




De Una temporada en el invierno:


PASEO NOCTURNO

...all of these things made him seem, as he lurked in the darkness,
oddly detached an apart from all life
(... todas estas cosas le hacían parecer, mientras acechaba en la oscuridad,
raramente separado y aparte de toda vida)
–Sherwood Anderson: de un relato de Winnesburg, Ohio


Mientras las casas brillan suavemente
como velas de invierno, vas por las calles
entre ventanas doradas, y a las puertas
hay perros tendidos, como los perros
tendidos a
los pies de los sepulcros.
Pero el frío no los toca. Sus cabezas
no se alzan para verte pasar.
No ventean el aire, no te oyen,
no te ven. Sólo intuyen
tu presencia de tanto en tanto, y gimen
despacio. Entonces una voz
los conforta desde dentro. Mientras pasas
la oyes
cómo vuela sobre ti
dejando un sedimento amargo,
y entras en la noche, separado
de toda vida. Que ni aún sientes
en dónde puedes estar ya
salvo en el ojo vivo que escruta la tiniebla.



CEMENTERIO

Aquí, frío placer es el orden dormido.
Nada alienta, no vive la ciudad de la muerte.
En los cerrados muros, en las losas, revierte
la caricia
de luz de este cielo vencido.

El índice del ángel sobre el labio de piedra
esculpe su silencio sin oprimir el aire.
Su delicado gesto tiene el mismo donaire
de la nieve prendida cual racimo en la hiedra.

Ha ces
ado la historia, han cesado los días
de tener nombre y fecha; no habrá día distinto,
ni pulmón que respire donde calla el instinto
y el fulgor de la carne. Son las horas vacías.

Y una voz sigilosa en tu pecho levanta
el profundo deseo. Así el poema ordena
la vida qu
e perdiste, y en sus líneas refrena
el amor, al volverlo muerte leve que canta.




De Tiempo
:


Dos poemas cinematográficos

SECUENCIAS

La mad
rugada vuelve sobre los muros acres
igual que el resplandor de una cerilla vuelve
sobre las viejas fotos del cajón saqueado
cuando nada perturba –salvo la escasa llama—
el horror de las sombras.

Y tú crees que me has visto
de noch
e, en una calle,
mirándote de lejos,
pero mis ojos no eran
mis ojos. Blancas piedras
circulares, vacías…
Tú no te diste cuenta.
No era yo la figura apoyada en las sombras,
no era yo la
figura del parque de los muertos,
no era yo. Cuántas veces
no soy yo. Mientras viaja
este caliente tósigo debajo de la sangre
veo un paisaje ciego
como la luna a medianoche.
Los autobuses
se activan
en las negras carreteras mojadas
y arde el frío en las luces del alumbrado eléctrico.

Y no soy yo quien mira.

Yo estoy en u
na vieja habitación junto al río
apoyando en la lengua el cañón de un revolver:
el sabor del metal atraviesa el cerebro
en el minuto exacto que precede al big-bang.

No soy yo quien te mira a través del silencio.
Alguien guía mi mano (un viejo experimento).



TRAVELLING


Tras un rápido travelling por el pasillo oscuro
la cámara traspone el umbral de la puerta.
Unas notas de jazz asaltan la quietud
y la lámpara extiende una huella amarilla
sobre el suelo cubierto
de trajes y rev
istas.
A veces
el pensamiento inicia un salto
retrospectivo
para volver al centro de la estancia revuelta
—al cabo, volver siempre—
y luego retomar su absurdo intento
doblándose la espalda como haría una ola.
No hay na
die en esta sala
excepto el invisible protagonista, absurdo
y tenaz —no en vano
hemos ya recurrido a un símil que lo acerca
al majestuoso tedio del mar sobre la playa—.
Los muebles son muy pocos, y el viento del invierno
mete sus dedos sucios por la rendija negra
de la negra ventana. En la escalera
se oye u
n ruido de pasos inseguros
y la tos de un borracho. Y el pensamiento dobla
su lacerante tronco de deseos,
se inclina hacia el pasado
para intentar poner en orden los restos de la vida,
el residuo indigesto,
caótico, del mundo transcurrido.

No hay nadie en esta sala.
Si al menos…
Y la cámara cierra su párpado de sombras.




ATARAXIA

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo.
—Jorge Luis Borges—


Ya no
seré feliz. Tal vez no importa.
No le importa a la luz que llena el ancho
teatro de los seres. No le importa
al pájaro que cruza la mañana.
No le importa a la luna que agoniza
sobre el frío claror del día nuevo.
No le importa a este campo de las sombras
ni al río que se va como un tren ciego
persiguiendo el sonido de la vida
a las cr
ueles fosas azuladas.
No le importa tampoco a mi vecina
que canturrea y fuma en la ventana
ni a la ciudad que apaga sus farolas.
Si no te importa a ti, tal vez yo aprenda
la misma indiferencia de la luz.
De la lu
z sin dolor y sin memoria.



LETANÍA

Para que
se apague el fuego que daña,
para que se encienda el sol que más calienta,
para que se cierre el ojo del huracán,
para que se abra la boca de las buenas palabras,
para que se agote la canción del odio
y se llenen los manteles del que espera,
para que s
eamos buenos y tontos si hace falta,
—eso mismo que dicen que es ser tonto—
para que olvidemos
y olvidemos que las manos golpean,
y olvidemos que las manos roban
y que aquello que arrebatan
no siempre puede devolverse.




EL TIEMPO EN LOS PUENTES DE BILBAO

Para Mati de la Iglesia. In memoriam.


Dime que el tiempo se ha parado
sobre los puentes de Bilbao,
ciudad que ha hecho mi vida
y la h
a desbaratado,
reino imaginario
donde las cosas vuelven
como espectros o errores,
y donde tú regresas
entre la lluvia sorda
de una
noche de invierno
con borrosa sonrisa
que un día fue tan clara.

Dime, Matilde, que has venido
para
sentarte con nosotros
en un café del Casco Viejo
y ver la noche en el Ensanche;
para viajar en metro
porque en tu ciudad, que era ésta,
no había metro

Llama por teléfono
y sugiere una película de Fellini.

Vuelve
con la esperanza intacta
y aquel entusiasmo por las pequeñas cosas,
aventuras minúsculas que combaten el tedio
y la escasez. Trae contigo
el placer de la hora presente
—unos amigos y una copa—
que relu
mbra en las sombras,
entre el dolor y el miedo de la vida.




LA NOCHE


Ven, noche antiquísima e idéntica.
Noche reina nacida destronada,
Noche igual por dentro al silencio.
—Alvaro de Campos—


El país de los ojos es oscuro y terrible
como pura conciencia que a veces se abandona
obstinada en la noche, la noche sin orillas
donde late el neón y deslumbra Las Vegas.

La noch
e profanada por cables y pantallas,
la noche del desvelo y el insomnio mecánico,
la noche de los trenes y de las autopistas
en cuyo corazón se oye sólo la nada.

Debajo del ruido y del nervio enervado,
debajo del rumor antiguo de la selva,
debajo del zumbido de los ordenadores,
se oye sólo la
nada.

El país de los ojos es oscuro y terrible
cuando en su espejo ciego se refleja la noche.



POÉTICA N
OCTURNA

Díme lo que no ven tus ojos ciegos,
lo que contempla el adivino que toca el piano en su deslumbrante
sombra,
qué dice la voz del sapo en la noche,
cuál es el se
creto del orgullo plateado
con que la luna esmalta las hojas del arce.

Por qué ciertas palabras pulsan una cuerda en tu pecho,
qué remota memoria encienden algunos acordes.

Qué placer y qué miedo profundos
escoltan como
perros a la Cazadora.

Dime qué hallaré en el desván de noche,
cuando la casa duerme y no se distinguen los colores.

Dime si es hermosa la decepción de la rosa de ceniza,
y por qué nos aterra el ruido del viento entre los pinos.




De Vuelta del Aire:



HÁBLALE AL AIRE

El aire es como un paño que consuela,
frescor que compadece tu cansancio.

No escucha, pero toma tus palabras,
lo acepta todo: herida, rezo o canto.



CUERPO EN TIERRA

Un cuerpo quieto en medio
del aire que se eleva,
aire que pasa entero,
respiración del mundo,
un cuerpo así está en vuelo,
quieto sobre la tierra.



BELLEZA

Os hablaré de cómo comenzaron
estas divagaciones por el aire.
La muerte entraba en casa cada día
con gasa
s y con vendas. Se sentaba
en una habitación, y nos miraba
sin piedad, como mira habitualmente
la muerte a los mortales. Nuestras vidas
se instalaron al borde de la muerte.
Es algo que sucede algunas veces
en todas las familias. Su llegada
se anunció sin estrépito. Más tarde
nos convocó en la triste habitación
de las sábanas sucias y los frutos
de la d
ecrepitud y la tristeza.
Sólo entonces supimos que ella siempre
había estado aquí. Pero otra forma
más ácida, tal vez definitiva
adoptaba en los días aplastados
bajo el peso fatal de su afluente
que iba a dar a la noche y al delirio.
Nosotros,
los vivientes, aplastados
por su poder, entramos en el tiempo
del duelo que no acaba, y la materia,
muy dócil, se adaptó a la tiranía
del otoño estancado, de las toallas,
de la sangre y el barro. Trabajar
y respirar la muerte. Eso era todo.
Y entonces, al pasar por la tarea
de reco
rrer las calles, vino el cielo
a tocarme en el hombro, vino el viento
y me obligó a mirar hacia la altura.
Un instante de luz llenaba el mundo
y toda la fealdad de las aceras
voló hacia el aire inmenso que cantaba
y estiraba los brazos complacido.



MUJER EN EL PARQUE

Tu terreno natal era el otoño,
con su humedad de lluvia y de neblina,
–esta ciudad es húmeda, ya sabes,
norte del casi sur y ría de por medio
escupiendo sus monstruos y sus furias
lentas que calan alma y carne–. Eras
el negro abrigo del otoño,
con tu pelo lacio y tu cara muy blanca,
pasando por los parques en busca de tu perro,
paseando tu tristeza por los parques
en busca de tu hijo que estaba allí, aguardándote,
al cabo del invierno. Y vino la alegría,
qué estación tan temible, con tu hijo, arrasando
las dudas y las penas, el incierto futuro,
pagando el alquiler muy puntualmente.
Qué suerte que el futuro no se vea,
y que fueran los ojos azules de tu hijo
los que cegaran todas las sospechas,
como luego al cerrarse para siempre
abrirían de nuevo la certeza
de lo cierto que entró por el invierno
aullando oscuridad, llamando amargamente por sus nombres
a los predestinados, que son muchos,
que somos todos, de una o de otra manera,
más tarde o más temprano.
Tu terreno natal era el otoño.



COMIENZA EL MUNDO

Gota a gota la luz cae en el vaso
hasta llenarlo, y la sombra es solo
el recue
rdo de una tristeza dócil
que hace poco llenaba la cocina.

Y toda la mañana, como nube
henchida por la luz, como un delirio
que se moviese en torno, conectado
al centro humilde por secretos hilos,
parece desprenderse de este vaso
donde co
mienza el mundo cada día.



CUESTA DEL AIRE I

Por la cuesta del aire
suben l
os días.
Por el río del aire,
voces, pájaros, frías
estrellas navegantes,
cálidos mediodías.

Por la cuesta del aire
sube y baja la vida,
azul la estrella errante,
dorado
el mediodía.

Las aves son del aire.
¿De dónde es la semilla?



CUESTA DEL AIRE II

Una porción del mundo
con sus fachadas blancas
(los balcones avientan
la desazón nocturna de las casas).

Todo es luz, todo es viento
en la cuesta difícil
donde reside el día
con un fulgor de vidrios y de sábanas.

Taxis, motos, camiones
suben hacia la luz impura, la mañana
se lev
anta, los víveres acuden
y se abren las persianas.

En la acera, despiertan
selva humilde y cautiva, las plantas
de la panadería. Las quejas
fluyen despacio en los umbrales, pasan.

Pasa el tiempo, y el aire
es corriente, y turbulento alcanza
otra cuesta de enero, otro crepúsculo
que cae sobre la carne y calla.



VUEL
TA DEL AIRE

Doy la vuelta a la esquina.
El aire da la vuelta
al mundo,
dobla la esquina
canta
ndo,
pasa por la calle
levantando las sombras
muy delicadamente.

Nadie lo ve. La clínica
da a una calle modesta
con hermosas farolas
y una ancha acera
reluciente de lluvia.

El aire pasa, arrastra
su gran cielo en lo alto.
Azoteas, balcones
y ventanas cerradas
desprecian la aventura
majestuosa del cielo.

El aire cruza el mundo con su gran pie de sombra,
pone so
bre esta calle su terco pie de luz,
agita sus mil alas,
da la vuelta al verano, da la vuelta al invierno,
da la vuelta a las cartas
derramadas, como una aparición,
sobre la acera.
Regresa siempre.



DIOS, NOVELISTA

Un mensajero vino al umbral de la vida,
donde moría el niño y empezaba el viajero,
y me mostraba un mundo de ciudades tan bellas
que pr
egunté si no eran tan sólo un simulacro.
Pero en la realidad, ese mapa grotesco,
también cabía el mundo que me enseñaba el ángel,
como caben los muertos, como caben los días,
los campos de batalla y los coches veloces.
Dentro de los países hay países perfectos,
cada comarca guarda algún paisaje perfecto,
y todas las ciudades, aún las más anodinas,
tienen e
n su interior una ciudad perfecta
(horas y espacios muertos sobre su perfección
como bellos cadáveres incorruptos: sangra
en un país lejano la injusticia, y el orbe
es un círculo puro de perfecta presencia.)

Deslumbrado, esperé el regreso del ángel.

Pero,
pasado el tiempo, y después de rodar
por modestos jardines de periferias grises,
por pisos de alquiler en vecindarios pobres,
por fastuosos crepúsculos con nubes incendiadas
como barcos en llamas sobre las autopistas,
después de tanta tienda y autobús atestado,
después de la oficina y la cena y el cine,
la academia mohosa, las baldosas impares,
la escalera sombría, el comedor horrendo,
bares, talleres, cuestas, excrementos de perro,
escapar
ates pródigos en inocente espanto,
las ofertas fantásticas del centro comercial,
y el país de los zombis –no es un país fantástico--,
comprendí que me habías permitido mirar
la belleza tan sólo para que contrastara
con los largos capítulos de este mundo que es mío
y que e
s tan increíble en su cicatería
como un viejo y helado y siniestro purgatorio
al que de vez en cuando se asomara un gran cielo
de cloroformo azul sobre las azoteas.
Y comprendí también –lo que es aún más mezquino--
que la belleza no es ajena al dinero.
El dinero la cerca, la protege, la escoge,
la separa del hambre, del cansancio, del tedio.

Hoy, de nue
vo encallado en un barrio perdido
junto a las autopistas que retuercen la tierra,
espío en una vieja casa superviviente
la perfección indócil, intocable del cielo.
Es todo lo que tengo de cuanto prometiste.
Levanto acta y miro. No me quejo.
Mi historia es una burla menor. Líbranos Tú
de las trág
icas óperas y del ardiente infierno.
La vida que no es mía ¿en qué podría gastarla
si pudiera ser algo que no fuera este torpe
narrador que malcuenta lo que entendió a destiempo?



ORO Y PLATA I

Oro y plata
relumbran en los versos antiguos
nombrando las materias más valiosas y nobles:
cabellos de la amada o nieve de los años
tejieron sus brocados con sílabas preciosas.

Oro y plata salieron del cofre del avaro,
de la mesa real, del arreo ostentoso,
de las joyas la
bradas y del cáliz del mundo,
y en el verso se hicieron perfectos y livianos.

Con frecuencia no era la realidad tan pura
como el puro metal, pero el verso brillaba
y su brillo ocultaba lo vulgar o lo adusto,
la tristeza implacable de las cosas sin brillo.

Luego, el tiempo empañó con su aliento el espejo,
gastó el engaste viejo, oscureció la plata,
fue limando la
s piezas. El nombre incorruptible
dejó de preservar la herencia embalsamada.

Y los mismos poetas se burlaron del oro
en el pelo mortal de las diosas mortales.
No obstante, nos legaron las joyas de sus versos
para que las sembráramos en un huerto de alquimia.

La plata de las canas y los cabellos de oro
hoy son arqueología y ridícula pompa,
pero es incorruptible el oro que se funde
sobre el asfalto húmedo bajo un sol floreci
ente.

Y las gotas de lluvia pegadas en las negras
ramas
desnudas forman una efímera capa
con la plata o el fuego del milagro de hoy
en el minuto vivo qu
e ha salvado este día.




DOS POEMAS INÉDITOS


HIC SUNT LEONES
(La mañana)

En medio de la plaza blanca y verde
el frío s
e ha parado de mañana,
y va llamando a todos los gorriones
para que acudan a un rayo de sol.
Para que se demoren y alboroten
sobre las blancas migas que alguien deja
cada mañana en
medio de las prisas,
ese pan que alimenta la esperanza,
el juego, la al
egría, el aire azul.

En medio de la plaza blanca y verde
alborotan también los colegiales,
corren con uniformes y mochilas
de un árbol a otro árbol, se demoran

en su camino al aula, van llamando
con sus voces despiertas a las horas
y las horas resp
onden derramando
sobre la plaza, sobre sus cabezas,
dones, descubrimientos y esperanza
.

En medio de la pl
aza blanca y verde
hay un camino que no tiene lindes
ni vuelta de hoja. Lleva
a la oficina
de seguros y al bar donde la gente
que ha salido de ban
cos y oficinas
apura su café y habla de asuntos
tediosos e importantes, de minucias
que son como obsesiones, de noticias
como bancos
en donde descansar.

En la ronda de acciones que nos hace,
y de horas que cierran nuestras vidas,
el mapa del tesoro se ha perdido.
Alguien en su lugar dejó otro mapa
donde el mundo es pequeño y se repite.
La tierra con
ocida es una plaza
rodeada de u
n vasto territorio
que nos está vedado. Y la leyenda
sobre su sombra azul: Hic sunt leones...




HOY ES 20 DE OCTUBRE

Hoy es veinte de octubre y es un día cualquiera.

En un día cualquiera, los autobuses rojos,
los hospitales rojos, los hospitales grises,
los trene
s, los aviones, los hoteles, los parques,
las grandes autopistas, los camiones, los barcos,
las fábricas, los turnos, las máquinas, los bosques,
los campos de cultivo, los pozos de petróleo,
las torres de energía, la energía, las torres.

Hoy es veinte de octubre.
Crece la población.
Crecen los cem
enterios. Está cambiando el clima.
Hay casi veinte grados este veinte de octubre
de un otoño que a veces se olvida que es otoño,
y las aves recorren sus rutas a destiempo.
Groenlandia se funde, mi ciudad se despierta.

Hoy es veinte de octubre y es un día como otro,
con coches y con fábricas y aves en el cielo,
con bombas y ciudades, gente que nace y muere,
suburbios en Shangai y terror en Basora.

Hoy es veinte de octubre. Luce el sol en el cielo,
atravi
esa la luz los cristales, las hojas,
las ventanas cerradas de las salas de espera.

En un día de espera, los hospitales rojos,
los campos de batalla, las calles silenciosas,
las colas, los desiertos, los rein
os de este mundo,
los centros comer
ciales, las pantallas despiertas.

Hoy es veinte de octubre. Es un día cualquiera.