domingo, 6 de diciembre de 2009

JON JUARISTI




Jon Juaristi Linacero nació en Bilbao en 1951.
Estudió Filología Románica en las universidades de Deusto y de Sevilla. Ha sido investigador en el Colegio de México (México D.F.), catedrático de Pensamiento Contemporáneo de la Fundación Cañada Blanch en la Universidad de Valencia y catedrático de filología española en la Universidad del País Vasco. En 1997 ocupó la cátedra Rey Juan Carlos I en la New York University. En 2000 fue director de la Biblioteca Nacional, y de 2001 a 2004, director del Instituto Cervantes. Desde el año 2005 es catedrático de Filología Española en la Universidad de Alcalá. En 2009 fue nombrado director general de universidades de la Comunidad Autónoma de Madrid.
Además de profesor, ha sido (y es) asiduo colaborador de prensa. Escribe en euskera y castellano. Ha traducido al español los poemas de Gabriel Aresti así como las obras de Mario Onaindía y Ramón Saizarbitoria, y al euskera a autores como Heinrich von Kleist y T.S. Eliot. Entre otros premios, ha obtenido el Espasa de Ensayo, el Nacional de Ensayo y el Premio Fastenrath de la Real Academia Española.
Para una biografía más detallada, puede verse la entrada correspondiente de Wikipedia.



ENLACES

Wikipedia

Cátedra Miguel Delibes


Una reseña de Cambio de destino por Rogelio López Blanco

Una reseña de Cambio de destino en Letras Libres, por Jordi Canal

Comentario de Joaquín Leguina en la revista Quorum

Una reseña de José Luis García Martín a su Poesía Reunida

En Poesía Digital: comentario a El viento sobre las lóbregas colinas

En Google Books. José Perez Olivares, El hacha y la rosa




OBRA


ENSAYO

Euskararen Ideologiak (1976).
El linaje de Aitor. La invención de la tradición vasca (1984).
Literatura vasca (1987).
Arte en el País Vasco (1987). Con Kosme M. de Barañano y Javier González de Durana.
Vicente de Arana (1990).
Vestigios de Babel. Para una arqueología de los nacionalismos españoles (1992).
Auto de Terminación: raza, nación y violencia en el País Vasco (1994).
Artículos. En colaboración con Juan Aranzadi y Patxo Unzueta.
La Europa (cultural) de los pueblos: voz y forma (1994). En colaboración con otros autores.
El chimbo expiatorio (la invención de la tradición bilbaína, 1876-1939) (1994).
El bucle melancólico. Historias de nacionalistas vascos (1997).
Sacra nemesis. Nuevas historias de nacionalistas vascos (1999).
Sermo humilis: poesía y poética (1999).
El bosque originario (2000).
La tribu atribulada. El Nacionalismo Vasco explicado a mi padre (2002).
El reino del ocaso (2004).


POESÍA

Diario de un poeta recién cansado (1986).
Suma de varia intención (1987).
Arte de marear (1988).
Los paisajes domésticos (1992).
Mediodía (1993).
Tiempo desapacible (1996).
Poesía reunida (1986-1999) (2001).
Prosas en verso (2002).
Viento sobre las lóbregas colinas (2008).


NARRATIVA

La caza salvaje (2007). Novela.


OTROS

La leyenda de Jaun Zuria (1980).
La tradición romántica: leyendas vascas del s. XIX (1986). Leyendas.
Flor de baladas vascas (1989). Recopilación de canciones tradicionales vascas.
Cuando canta la serpiente (1989). Guión en colaboración con Mario Onaindía.
Cambio de destino (2006). Memorias.
Voces para una enciclopedia interrumpida (2008). Memorias sobre Bilbao.




UNA SELECCIÓN DE POEMAS DE TRES DE SUS LIBROS



De Diario del poeta recién cansado (Pamiela, 1985)



TRENOS DE VINOGRADO


II

Ha enrojecido la yedra
en las paredes de Mallona.

Voz súbita
del tiempo inapelable.
Inesperada advertencia
de mi trigésimo otoño.

Tomo a traición mi vida. Calzadas de Begoña.
Ascao. Breve y sombría
calle de la Esperanza.

Besos arrebatados
en rellanos oscuros.
Pieles acariciadas
en madrugadas lentas.
Vinogrado insepulto.
Noches
de amor.
Vísperas
de tinieblas.



VI

Arroja al agua el último cigarro
y da la espalda al día que agoniza
como una rosa desventrada.

Como el viejo jesuita, bibliotecario en Patmos,
que cruza el puente interminable
hacia la otra ribera. Horas letales.

Frontera de la noche. Vinogrado.



VII

Partiré un día,
entre la lluvia tenue, Vinogrado.
Húmedas calles me verán marchar.
Plazas donde agoniza nuestra historia
de pueblo imperceptible.
Alamedas tediosas. Derrocadas
esquinas que veláis la soledad.

Cuándo nació el rencor. No me preguntes.
No hay visitas que hacer. Huele a mostaza.
Por el suelo, grasientas servilletas
y rodajas marchitas de limón.



VERS L’ENNUI

Entonces era el mundo. Qué grande parecía.
En el límite mismo del verano, qué dulce
el tiempo que se abría, la luz indeclinable.

Entre el pinar y el río se extendían los huertos:
los pequeños retazos de maizales y habares
brillaban agolpados bajo el sol de junio.

Inventar cada día las cosas, empaparse
del sol, buscar los nombres del grillo y de la arena,
del hinojo fragante, del cangrejo, del cuarzo.

Y el regreso: la tarde nos devolvía al sueño
por estradas de polvo y escoria triturada,
dóciles a las voces cercanas al cansancio.

Pero yo te sentía. Tú venías conmigo,
ángel del tedio, hermano, arrojando tu sombra
sobre las zarzamoras, tu sombra abominable.



CAMBRA DE LA TARDOR

Aquí llega el otoño con su voz de ceniza,
desalentando sueños, cubriendo de hojarasca
las imágenes rotas que el corazón conoce.

Ante mi casa lloran las cañas azotadas
por el viento nocturno, y asciende hasta mi cuarto
el olor inquietante de la tierra mojada.

Conozco esta fragancia de carne entumecida,
de deseo imposible: es la estación del miedo.
La vida se derrumba como una torre endeble.

Amor, un dios decrépito, recorre Vinogrado.
Oigo bajo la lluvia sus pasos inseguros
y un bordón que golpea en los árboles muertos.




CANCIÓN PARA RECOGER EL AGUA SOLSTICIAL

Soy hija del rey, Señora,
a coger la flor del agua
(Del Romancero tradicional)



En la lluvia de junio
cómo me eres extraña.
Cómo llenas el mundo
con tu voz inaudible.

Cómo tiendes las manos
en la bruma anegada,
grial de tibia penumbra,
cauce de húmeda luz.

Déjalo, no se enturbie
con el limo del tiempo
que revuelve la culpa
como un novillo herido.

Mudo fragor del beso.
De repente, qué tarde
de agrio remordimiento
me ha llenado la edad.

Reverdecen en vano
estos chopos. Tú sabes
de un dolor de raíces
que devorando va.




NEGURI

Fue aquí, declive abrupto
de chalets en ruinas.

El tamboril risueño
del Mar de Mármara.

Los papagayos mudos
de Tristán da Cunha.

Mi infancia torturada
en Wonderland.




GABRIEL ARESTI, 1981

Seis años y tu verbo sigue dentro del mío
precisando las voces de este mundo en acecho.
Padre bronco, me diste la tormenta por techo,
la intemperie por muro y por predio el baldío.

Seis años hasta darte mi epitafio tardío,
largamente fraguado en el hondo despecho.
Sobre el erial cernías el vuelo insatisfecho,
gavilán de tiniebla, centinela sombrío.

Me legaste el destino del lobo solitario,
la desazón extrema, la amargura sin tasa
y la acerba certeza de no ser necesario.

Que en el yermo en cenizas no me falte tu brasa.
Que me acosen los perros por guardar tu expoliario.
Que me encuentre la muerte defendiendo tu casa.




ENDECHA DE GOYO MARTICORENA

Echalar arriba, palomas de muerte,
en la niebla roja rasgada la red.
Desde Ibardin grazna el gavilán,
plumas ponzoñosas, garras de ónice,
timón de ceniza, pico pedernal,
y las anchas alas esparcid pavesas,
Echalar arriba, palomas sin ojos,
desgarrad la piel de la madrugada,
enviad al mar libación caliente
por los atanores amargos del sueño.
Bebedoras de lágrimas,
mensajeras de la tiniebla última,
habéis roído su corazón
y entregado su carne
al despiadado mar de los vascos,
Echalar arriba, palomas aciagas,
pájaros bermejos por la arisca lluvia,
hoy,
primer día del mes del lobo,
cuando devolvemos el cuerpo de Martico
a la tierra campesina de sus padres.




CERA VOTIVA EN WESTMINSTER ABBEY

T.S.E.

Al marchitarse la rosa de la memoria
se adueñaron del jardín la ortiga y la cizaña.
Se vino abajo la pared. La verja
se me quedó en las manos, quebradiza,
y se volvió en el pozo fango fétido
el agua dulce y fresca de otros días.
Poeta de la edad de la penuria,
descendió a los infiernos sin Virgilio.
Ceniza, arena,
arena fugitiva entregada a la muerte.
Sobre la fosa,
la rosa ardiente permanece viva
mientras desgarren zarpas de silencio
la piel lívida del mar de horror. Augur,
sus uñas se adentraron
en la carne vacía de la noche.
Los años pasarán y hasta mil horas
se agotarán también. Pero habrá tiempo
para escribir palabras con sentido,
palabras que revienten de sentido
en cristal empañado y plata sucia.




De Arte de marear (Hiperión,1988)



PALINODIA

A Martín


No te roce siquiera la piedad
si, al hojear el álbum de guardas desvaídas,
un colegial de floja cazadora,
cuyos ojos presagian el alcohol
de los años inhóspitos que estaban al acecho,
te mira desde el fondo del retrato
como si nunca hubiese roto un plato.

Te engañarás si tomas por finura de espíritu
tal expresión, pues nada había de eso.
Yo lo conocí bien. Poseía tan sólo
una rara panoplia de estrategias mezquinas
para salvar el tipo. Pensaba el muy estúpido
que la de la inocencia
no era mala apariencia.

Pero la prematura rigidez pasa pronto
y además no amortiza el esfuerzo invertido.
Los réditos que rinde son paja dada al viento.
Vas listo si pretendes sacarle otro provecho
que la fama de santo (lo que no es para tanto).
Escapó como pudo, abriendo una tronera,
hacia donde sentía bullir la primavera.

Y, para su desgracia, se dio cuenta a deshora
de que algunos aromas le sentaban fatal
(sobre todo, el de ciertas florecillas del mal).
Anduvo dando tumbos de jardín en jardín,
reprimiendo la náusea, hasta que un día, al fin,
no tuvo más remedio, dada su edad ya crítica,
que meterse en política.

Pero tampoco en esta le lució mucho el pelo,
pues arreglar el mundo no es tarea al alcance
de quien tiene su casa en permanente ruina.
Pure perte, sa vie. No guardaría ni
un rescoldo de amor de aquellos tiempos
de ilusiones y dulce desvarío.
No te roce siquiera la piedad, hijo mío.




RELOJ DE MELANCÓLICOS


A Begoña Candina


Como una mala comedia de enredo,
así tus años mozos, por fortuna ya idos.

Querrías, sin embargo, que la frágil ternura
que todavía asocias a ciertas remembranzas
no fuera solamente ilusorio desvío
de la memoria al borde de su disolución.


Pues aunque te sobraran de una mano diez dedos
para sacar la cuenta de los instantes gratos,
aunque copia abundosa de amargura te empuje
hacia delante siempre, desde el mojón anclado
en medio del camino, etcétera, te guarde
esta rara certeza de que atisbaste un día
algo parecido a la felicidad
contra las asechanzas de la vieja enemiga
cuando se borre el mundo tras la lluvia de otoño.




POR QUÉ LA QUIERES TANGO

¿Qué ha sido esta ciudad, después de todo,
para tenerte asido de este modo
a un cielorraso de compacta bruma?
Arquitectura ecléctica: Art-Déco
con toques de alquería neogótica,
un porcentaje de canalla más
alto que lo normal,
y un museo virtual de arqueología
minero-agro-industrial
en las márgenes ambas de su cuenca fluvial.

Piensas en ella a veces como en una
aburrida novela familiar
de abuelos empresarios. Años de lucro fácil.
Hispanosuizas, añas, belvederes
enajenados por los vencedores
de una gresca lejana y desigual.
Vaga melancolía de Leicas paleozoicas:
Niños Perdidos y Hallados en la Pérgola.
Poco traje civil, mucha ropa talar
de almas estabuladas en sepia sepulcral.

Pero hay días que traen un pálpito siniestro:
ráfagas de tristeza irrefragable
de que ya no eres otro que esta necia añoranza
retenida en los genes con rabia y con ternura.
Acaso sea amor. Amor del bueno.
La quisiste borracho y aún la quieres
desde el potro presente del agua mineral.
Al cabo de la calle te espera y te abandonas
a su tela de araña de lluvia cenital,
mansa y celosa malla de medias de cristal.




A VINOGRADO, AVINAGRADO
(SALMO O SALMÓN, SEGÚN SE MIRE)

Ciudad enemistada con tu alfoz:
nací al arrimo de tu amor falaz.
Sobre esta oscura tierra de la paz
en la guerra medré torvo y precoz.

En tí persisto hundido de hoz y coz.
Grises huyen mis horas por tu caz.
Si un día de olvidarte fui capaz,
me llamaste otra vez con otra voz.

Volví a tu ría negra como pez
que busca en vano su región matriz
y se encierra en un mínimo arcaduz.

Llegado al arrabal de madurez,
devuelto a tu tristeza, soy feliz:
me ciega un cielo atroz el tragaluz.




HURÓN

Al hurón que se ensaña con el triste lebrato
por el hocico abajo la sangre le chorrea.

Tú lo has visto y tu grito taladraba la tarde
como un trépano abrupto su pared de cristal.

Azorado, endereza la cerviz y avizora,
a través de la zarza salpicada de luz,

el espanto dulcísimo de tus ojos, el mismo
con que siempre me miras cuando te hablo de amor.

Y de un salto abandona el despojo y se pierde,
lanzadera dorada en la urdimbre del bosque.




LAS OCAS

Antzarrak doazi marraskan
donibaneko kalean

Aphez Beltzaren Kanta

En el recuerdo cruzan las estradas de Anglet
sobre el barro invernal.
Iban a la matanza con el marcial empaque
de un batallón de gastadores rusos.

Mayi las degollaba. Margarita
les quitaba las plumas.
La vieja Cathalin apilaba sus cuerpos
debajo del manzano.

Nosotros, los más chicos, nos sentábamos mudos
en un banco de iglesia, junto a la barda, y dicen
que alguna vez lloré de horror.

Pero eso debió ser muy al principio,
porque hoy sólo me queda la extrañeza
ante el desdén glacial con que miraban
el cuchillo de Mayi, la de las manos rojas.




EN TORNO AL CASTICISMO

A Fanny Rubio, que me desaconsejó escribir en la lengua del Imperio.


Uno quiere a su lengua porque es materia y útil
del oficio escogido, pero no, quede claro,
por su más que dudosa belleza. Nunca he sido
amigo de postrarme ante los diccionarios.

Cabreros y ladrones, no monjes cluniacenses,
forjaron sus palabras sin brillo ni eufonía.
¿Qué cabía esperar de un hato miserable,
quemado por los soles, comido por la tiña?

Jamás tuve por cierto aquello del Espíritu,
del Genio de los Pueblos. Si escribo en español,
no es por Volkgeist alguno que en el albor de España
fluyera entre las barbas del Cid Campeador.

Aunque Rodrigo Díaz el de Vivar debía
fablar un castellano más recio que una aldaba.
Oíanlo los moros al pie de la alcazaba,
y no les alcanzaba al cuerpo la chilaba.

Con todo, no era el pobre un pozo de elocuencia.
Al paso de los siglos, afortunadamente,
nos fuimos refinando, pero la poesía,
de sobre está decirlo, no ha sido nuestro fuerte.

No obstante, hay excepciones. Catad: el Arcipreste.
Manrique. Garcilaso. Quevedo no era manco.
Incluso entre los vascos tuvimos una de ellas,
pero eso antes de Franco.

Detesto sobre todo a la canalla rancia
que hace de esta cuestión cuestión de patriotismo.
Nuestro maestro en estro, Jaume el Conqueridor,
es catalán, inglés y un poco filipino.

En cuanto a mí, la tribu de que procedo, dicen,
moraba ya en los flancos del alto Pirineo
allá cuando Caín sembraba cañamones,
y yo, que me lo creo,

no voy a mendigaros un plato de lentejas
ni un sitio junto al fuego. A ver quién se aventura,
hermanos amadísimos, a negarme el derecho
de primogenitura.

Y si de vez en cuando perpetro un vizcainismo,
que a nadie se le ocurra venir a darme vaya,
y menos a vosotros, pecheros del idioma,
que soy hidalgo viejo, del Fuero de Vizcaya.




LA MONTAÑA

Cerca de Vinogrado,
sobre el mar, se levanta la Montaña de Hierro.
Cornucopia esquilmada siglo tras siglo, roja
matriz de nuestro pueblo
carcomida por mor de la ganancia fácil.
Irrescatable sueño
que yace bajo túmulos de ganga
en los Siete Concejos.
Allí, en cárcavas hondas, se enterró para siempre
el precioso legado que no recibiremos:
el ingénito genio predatorio del vasco.
Por el mar se llevaron los barcos venaqueros
la dulce mena rubia, alimento de guerras,
y el fierro turbulento
—bilboes de Shakespeare, espadas tajadores,
roedores de yelmos—
dejó una larga herida en el alma de Euzcadi.
La Montaña de Hierro,
hoy mandíbula rota de antigua calavera,
ríe calladamente sobre el miedo.




ÚLTIMA SOLEDAD

Para la pintura de Jesús María Lazkano


Tal vez como si nunca hubiera estado allí.
Tal vez como si no se hubiera ido de allí.
Testigo del naufragio, de todos los naufragios.
Miró sobre los días nevascas y aluviones,
Inciertos sinclinales, tal vez como si nunca,
tal vez como si no, cantiles que alcanzaron
la estatura del miedo, la luz aquilatada,
ciudades irreales: la tuya, Vinogrado
de los muelles tendidos al viento del dolor.

Tal vez como si nunca hubiera estado allí,
tal vez como si nunca, tal vez como si siempre,
tal vez como si no, como si dulcemente
muriéramos de pronto en un naufragio gris.
Fábricas erigidas sobre la tierra yerma,
sobre la nieve cándida el fuego convertido,
tal vez como si siempre hubiese sido así,
en aire polvoriento, el aire en agua tersa,
y la ausencia del hombre en tiempo irredimible.




De Los paisajes domésticos (Renacimiento, 1992)


POÉTICA FREUDIANA

Escribe sobre aquello que conoces
pero miente si fuera necesario,
y aunque escribir es viento solitario
desparrama tu voz en muchas voces.

Igual da que te muestres o te emboces,
metido en este oficio de falsario.
Aprende como todo recetario
a distinguir el Goce de los goces.

El Goce (el sufrimiento (la escritura))
en otra parte está: senda escondida
desde el amor prohibido a la locura.

No hay cicatriz que pueda con tu herida:
cela siempre un tesoro de amargura
la dorada morralla de la vida.



HOLOGRAMA

En componer mi vida me he esforzado
como si de un poema se tratara:
caen callando sus versos esta clara
madrugada de agosto en Vinogrado.

Las calles que he seguido y evitado,
el amor que me acoge y desampara
han copiado los rasgos de mi cara
en el otro que marcha a mi costado.

He trazado torpísimos renglones
y para enderezarlos he torcido
la vida que escribí con tanto empeño.

Ya la borran las torvas estaciones
y estos días de plomo derretido
que atraviesan mis párpados sin sueño.



AUTO DE TERMINACIÓN

Una larga sequía
bebe los ríos de la patria mía.

Salgo de casa y miro cómo pasa
la gente. Cómo vive.
Cómo mueren algunos este invierno
(Carlos, Dámaso, Jaime). Tristemente
miro los ríos de la patria mía
que van a dar a la melancolía.



DEBER DE PODREDUMBRE

(IN MEMORIAM GABRIEL MORAL ZABALA)


Puede ocurrirle a uno que, al contemplar su vida retrospectivamente, reconozca que casi todos los vínculos fuertes que ha padecido en ella tienen su origen en hombres sobre cuyo carácter destructivo está todo el mundo de acuerdo.

Walter Benjamin


Y qué buen sembrador, Gabriel, tú fuiste.

Gabriel Aresti, Lamento por la prisión de Gabriel Moral Zabala.


Con ceño de estilita desdeñoso,
bajo los ocres del invierno, vas
atravesando el bulevar en sombra,
cabe San Nicolás.

(San Nicolás de los Franceses,
sillar desmoronándose a los pies
de colinas de verde podredumbre,
vuelve mis años del revés).

De poco te llevaste la certeza,
maestro que perdí:
una mala milonga es el amor;
la vida, una balada baladí.

(Retablo dieciochesco de los mártires
Santos Justo y Pastor:
devolvedle la palma, pues logramos
saciarlo de dolor).

La llama de un hachón sanguinolenta
quemó tu juventud
ante el ara de un dios intemperante
y duro de testuz

(de esta casta beata y despiadada,
cobarde por demás).
Bajo los ocres del invierno eterno,
cruzando el bulevar de sombras vas.





LOS ÚLTIMOS LIBROS DE POESÍA DE JON JUARISTI





Ficha de Prosas en verso en la Editorial Hiperión

Viento sobre las lóbregas colinas. Visor Libros