lunes, 28 de diciembre de 2009

BLANCA SARASÚA

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Blanca Sarasua nació en Bilbao en 1939. Es graduado social. Ha colaborado en periódicos y revistas literarias y participado en varias antologías, como Poesía en Bilbao (Ed. Gerión, 1.985 y Ed. Laida, 1.991) o Mujeres y café (Ed. Torremozas, 1.995).
Ha recibido los premios “Ernestina de Champourcin” de la Diputación Foral de Álava, “Raimundo Ramírez de Antón”, de Terrassa, “Sarmiento” y “F.J. Martín Abril” de Valladolid. En el año 2008 fue la ganadora de la decimonovena edición del Premio Internacional de Poesía San Juan de la Cruz con el poemario Música de Aldaba, que fue editado en la colección Adonais de poesía.
Ha publicado los siguientes libros: Cuando las horas son fuego (1.984), El cerco de los pájaros (1.986), Ático para dos (1.989), Ballestas contra el miedo (1.990), ¿Quién ha visto un ambleo? (1.994), Rótulo para unos pasos (1.997), La mirada del maniquí (2.000), Coyunda recia (Desclée, 2005), Música de Aldaba (Madrid, Rialp. 2008).


ENLACES

Premio San Juan de la Cruz. La noticia en europa press


Blanca Sarasúa en El Correo

Ficha de ¿Quién ha visto un ambleo? en Ediciones Torremozas


Música de aldaba en Google Books




POEMAS


De Ballestas contra el miedo


INVENTARIO

Miré si me quedaba alguna víspera,
un claustro a quien gritarle su silencio,
un retablo con fugas, aire, aire,
un rastro de jardín en mis sentidos,
un oboe llamándome, algo de yesca.
¡Por vida de, había, acontecía!,
así que, ¿con qué gesto derrocarme?
Hube de continuar,
no tuve excusa.


ENVÍAME UNA CARTA

Envíame una carta, aunque se pierda.
Envíame unas velas encendidas, no sé,
un monte, por ejemplo, que me mire desde arriba.
Envíame sonatas, pergaminos,
capiteles corintios que apuntalen
esta luz de la tarde que resbala.
Algo de Brahms, el mar y su epicentro.
Banderas sin mancharse de colores,
que se puedan pintar como se quiera.
Y sobre todo aire, sin cauces, aire suelto.
De momento, la carta, aunque se pierda.



PATÍBULO PARA UN PUEBLO

A un pueblo abandonado camino del Pirineo

Te habitan los fantasmas del invierno
colgando en recias sogas las leyendas.
No quedan hornacinas ni espejo en las alcobas,
pueblo muerto,
no queda ni tu nombre,
huyó de ti tu gente y sus verbos transitivos
sin saber lo que eran.
Pueblo de sol a sol,
de esparto y velas,
entronizado en lágrimas,
celliscas y tasajos.
Hace tiempo hubo fiestas
ardiendo por tus células,
el patrono se ungía
de fustán y milagros,
volaban las campanas
con el viejo mensaje
y tus muertos cambiaban de postura
en la tierra.
¿Y me quieres decir, pueblo mínimo, osario,
qué hago yo con tu muerte
si odio los columbarios, los límites, las cercas?
¿Y me quieres decir que hago yo con tu santo
si esquiva mis preguntas con sus ojos románicos
y mira a las vidrieras?
¿Y me quieres decir, nigromántico pueblo,
dónde estoy, qué me pasa,
por qué sigo mirándote
y no quiero creer que no estás, que te has muerto?



TODO EN ORDEN

Son las siete en Torla.
Cerca del pueblo, sitiado por las nubes,
prepara sus misiles la tormenta.
El cementerio sigue en paz de piedra
y bajo tierra
reparte sus raigones.
Mantillas, chal y horquillas, dos viejecitas,
dos olivas de hueso,
se apoyan en la reja.
Está bien, todo en orden,
la tierra preparada,
una maceta,
el sol con la batuta mano en alto
dirigiendo su hacienda:
pueden dormir tranquilas.
En Torla son las siete.



UNA BUENA PREGUNTA

Después del cuello y hacia abajo era la nada
y la voz imperceptible de la arteria.
Y su collar suave, y sus ramajes altos
con su cetro truncado o sangre mínima.
Generación sin cuerpo
de tristes guantes blancos,
diario escrito comiéndose las uñas,
sin un choque de estrellas en su álbum
ni conjugar sus verbos todavía.
Después del cuello y hacia abajo,
¿a dónde se iba?




De ¿
Quién ha visto un ambleo?


LOS COMEDIANTES

Llegaban de su mundo de acordeón y farándula.
Desde unas horas antes anunciaban a gritos
con pasodobles de peineta y bucle,
el espectáculo de esa noche en carpa.
Un altavoz con ruido lo contaba.
Y nosotros, puros todavía
sentados en el suelo de la infancia,
con la mirada graduada en la inocencia
haciendo vela, mucho antes de la hora,
bocadillo por cena,
esperábamos la cita con la magia.
Luego llegaban todos y empezaba
¡tararí tarará! y una chiquilla
cercada de volantes y claveles
ponía en libertad sus castañuelas.

Después contaban chistes y no siempre entendíamos,
en cualquier caso nos hacían mucha gracia,
eran cosas de viejos que no nos atañían
en esa edad del gnomo y la merienda.
Nosotros, por si acaso, nos reíamos
con carcajadas de cristal y trenzas.
Luego un hombre muy alto, a la altura del cielo,
sacaba del sombrero conejos asustados
y estrellas y palomas.
Las personas mayores se aburrían un poco.
A nosotros en cambio nos hubiera gustado
dar la vuelta al sombrero,
por si quedara algo entre su forro.

Más tarde el “más difícil todavía”:
se quitaba la capa de púrpura y dragones
y al son de los tambores, el gran titiritero,
giraba en volatines el vientre de la plaza.
En la rifa soñábamos con aquella muñeca
-vestido de moaré, porcelana su piel de niña rica-,
que nunca descubrimos hacia dónde miraba:
tal vez la eternidad tenga ese precio.
O con aquella colcha de brillos ostentosos
que iba envejeciendo, obscena, cada año
para morirse a gusto en cualquier cama.

Siempre había un cretino que se reía de ellos.
Los mismos que hay ahora,
y si no, abrid la jaula cuando pasen al lado
y que vuele un poema
y veréis lo que pasa.

Ciertamente no hay plaza que se precie a sí misma
que no lleve en su sangre vestigios de comedias.



PUENTE DE PIEDRA

Había un puente. No era de piedra.
No guardaba un pasado, ni besos, ni suicidas.
Era vulgar. Un puente de cemento
con su blasfemia a cuestas.
Con el paso de tiempo
no sería una ruina de apellidos arcaicos.
Lo crucé. Tenía que cruzarlo.
Cuántos puentes después de hormigón
me cedieron el paso,
ni uno sólo de piedra.
De piedra sólo ha sido
el puente hacia tu abrazo.



De Rótulo para unos pasos


LA FLOR DEL MIEDO

No dañaban a nadie con su giro de fuego.
Sus pétalos de vidrio se cerraban herméticos
girando hacia su centro.
No había que temer.
Una viola alisaba las arrugas del aire,
¡todo era tan sencillo!
Hasta que de improviso, contra todas las leyes,
muriéndose de frío,
creció la flor del miedo,
rompiendo en soledad su velada de esgrima:
el miedo de perderte.


UNA GLORIETA PARA TI

Me miras y tus ojos no te informan
que tengo un superávit de impotencia.
Sin embargo, ese pájaro que agranda mi ventana
lee en mi pentagrama sin estudiar solfeo,
¿y qué puedo hacer yo con tu tanto por ciento?
Qué pariente impresentable se quedó con mi glorieta,
qué buen papel haría en tu breve visita.
Cuéntame algo, y que suene un concertino,
y te confesaré que aún conservo aquel charco
donde chapoteaba mi charol.
No te llegan mis cartas, aunque no las envíe.
Robar una carta en esta sociedad de solitarios
debería estar penalizado, ciertamente, como robar caballos
en cine del oeste con paga de domingo.
No ha pasado una hora, no, no hagamos caso, no mires al reloj.
Una elegancia inútil, la del péndulo,
que oscila simplemente por estética.



LA PALABRA Y SU TACTO


Era preciso hablar, rememorar de nuevo el primer balbuceo,
diseccionar el grito,
borrar la singladura del rayo hacia la herida.
Marcamos posiciones
-mas sin perder de vista la escalera de incendios-,
el aire de metal
y los nervios bregando, entrando por urgencias.
Era preciso hablar, reconstruir la vida,
apagar tenebrarios ante un sol como líder,
conocerse a destajo,
usar de las palabras para poder tocarnos.
Y saber que existimos.


SIC TRANSIC

Eran unos zapatos con pretensión de heráldica,
hebilla plateada,
el moho de su ante perdiendo pie en el suelo,
nostalgia de peldaño sus tacones viejísimos
de negro ala de mosca.
Eran unos zapatos por fuerza desahuciados.
Sus arrugas talladas, como el cuerpo de un árbol,
en años transcurridos
y el ritmo de su artrosis quebrada la armonía
rubricaba en el aire una lábil cojera.
Zapatos de salón
valsando sus horas a través de visillos
en su mundo de hadas.
En la última cita de su carné de baile
la bolsa de basura.
Llegó el camión girando su estómago implacable:
final municipal de estruendo y noche.
Y en la fosa común se arreglan como pueden.


LA SUELTA

Les abrieron la jaula con sonrisa de cómplice
y los palomos, sucios de pintura de guerra
como un puño metálico
volaban tropezándose,
polucionando el cielo.
Delante, una paloma, atada por su nombre
se deshacía en plumas.
Pero ella lucharía,
el tambor de su pulso redoblaba en el miedo.
Los cómplices, liando un cigarrillo,
resolvieron en chistes la situación creada:
ganaría el más macho
y el dueño del palomo como macho primero.

No hay nada que añadir a esta gesta gloriosa
del testículo ibérico.



De La mirada del maniquí


SEUDÓNIMO IMPREVISTO

Quién pudo ametrallar la luz del día.
Domingo, los aperos colgados,
ofician las ovejas su bordado de estío,
sentado está el paisaje ante su puerta.
Quién pudo ametrallar, qué ruin noticia.
Sabemos que la vida ya no habla ante notario
pero, cómo te has ido sin dejar una nota,
qué te hubiera costado, ya ves,
un corto codicilo que mejore tu ausencia.
El sol escribe en mí su ardiente manuscrito
y firma con seudónimo,
¿no será cosa tuya?



MOTÍN A BORDO

Yo creía en mi orden
y adjudicaba un nombre a cada cosa
para que vengan cuando yo les llame.
Había muerto ya.
Ni una sola pregunta se movía en mi aljaba.
Y cuando ya pensé que no quedaba
nada que homologar
se amotinó mi centro, cambiando de postura
todo aquello que yo había ordenado.
Ahora, escribo a lápiz hasta en el pensamiento.
De esta agua estancada que sestea y se aburre
nada puedo esperar,
así que me fabrico mi propia catarata.
Vuelvo a vivir, comienzo desde el prólogo
y hoy no sé qué muñeco saltará de mi muelle atrapado.
Eso quiere decir, que permanezco.




De Coyunda recia



SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Se acercan unos pasos. Más cibera en el alma.
Pasos sobre las grietas de la noche
que atruenan el pasillo.
Pasos.
Se decora la estancia de golpes y de gritos,
un seísmo en la cara
y ella se refugia en sus luces caídas.
Luego saldrán de nuevo a cenar con amigos,
le quiere, comprobado:
le compró un maquillaje.
Sonrisa apuntalada con sus galas mejores.
Ya no topan los pájaros con redes en el cielo
ni la luz se conforma con andar bajo tierra.
Butrino sin salida.



ACTO DE CONCILIACIÓN

En el atril un libro abandonado
repleto de sí mismo entre sus páginas.
Vadeo los recuerdos, todo en vano.
Porque el insomnio extiende su reinado
y ese avión que se va trazando en morse
su soledad de brillo por el cielo
no hace escala en mis ojos.
Hay un silencio urbano, adulterado
y está un mosquito afincado en mi pared.
Con tu permiso, insomnio del asfalto,
me invitan las palabras
tomo algo con ellas.
Mas esta vez tampoco llegamos a un acuerdo.



TARDE SIN MERIENDA

Un niño de suburbio juega sin guardería
-su sombra derrengada-,
y expira la inocencia de muerte prematura.
Sus manos infantiles tras el rayo de sol.
Consiguen atraparlo. Y un pájaro procede con su hipnosis
a embellecer la tierra.
No puedo regalarle puntillas de mi infancia,
ya no lo admitiría.
La tarde se defiende sin merienda,
baila al aire un chaleco de color dimitido
y un pelotón de luces fusilan al ocaso.



DIFÍCIL ENTUERTO

Al venir de Castilla tráeme el cielo,
aunque sea doblado, para ponerlo aquí.
Y su mirada abierta.
Remediemos de algalias la ruta a don Quijote,
Dulcinea esperándole, señuelos entre zarzas.

Porfían bajo el roble por un yelmo,
¡cuerpo de mí, Sancho!
Diría un bacíyelmo.
Y no damos con él.



De Música de aldaba


¡TA,TA,TA,CHAN!

Urgían en la puerta de Beethoven cuatro golpes de aldaba,
abriendo su cancela al pentagrama y cuentan
que inició su quinta sinfonía.
Yo golpeo la tuya
entrando en tu rutina y atraco mis palabras
donde no molesten,
no voy a romper nada.
Tú también has sentido en momentos de esparto
la soledad del cero.
Que mi visita sea
como tu libertad alzando
el vuelo, un espacio
sin cercas.
Es tu puerta.
Decide.



LA MIRADA DEL MUNDO

No dejemos que se incline el calendario,
si se inclina pesa demasiado.
Si detesto la roña de los días iguales
es porque tengo prisa y no sé a dónde ir.
¿Quién ronca a ripio limpio?
Al fin ¿qué somos?, ¿un esbozo de qué?
¿Y vamos a luchar por una esquina?
Llega una nueva ola y me soborna
imposible marchar,
amiga luna, te quiero por apátrida,
por reflejar sin bulas la mirada del mundo.



POSIBLES SOLUCIONES

Entra un ego apestando a colonia
y se abanica con sus iniciales.
Así que hay dos opciones:
hacer un curso rápido de palafrén censuario
o vacunarse contra la estulticia.